Obligados a escoger hacia dónde mirar, qué fuerza alimentar, la luz o
las tinieblas. Ese es el precio de nuestra libertad.
Hubo un tiempo en que la luz lo inundaba todo; el origen de las
tinieblas es un misterio, ¿en qué momento elegimos que la nada incubara y se
extendiera como un cáncer? Las tinieblas no son en sí mismas, sino que
constituyen la ausencia de luz. Luz es vida, oscuridad es ausencia de vida.
Hay quienes creen que son complementarias, que su antagonismo es
necesario para hacer brillar la luz. Pero es tan falso como afirmar que hace
falta odiar para aprender a amar. El odio, la tiniebla, es la anomalía, la
incapacidad de percibir que el sol sigue brillando a pesar del aparente manto
de la noche. “La luz brilla en la oscuridad, y la oscuridad jamás podrá
apagarla” (Juan 1:5).
Pero esta anomalía parece envolvernos como si fuera lo natural, lo
prescriptivo. Hasta el punto que necesitamos tomar consciencia de nuestra
mirada, hacia dónde queremos fijar nuestra pupila. Una cuestión de elección, un
palpar a ciegas en busca del final del túnel tenebroso.
Creemos que por nosotros mismos podemos ver, pobres ciegos... Pero
Dios no nos deja solos, su luz cegadora irrumpe para recordarnos que la
realidad fue y todavía es otra, si tan solo no nos resistimos a su destello y
nos atrevamos a abrir los ojos a pesar del escozor. Si le miramos de frente, ya
no hay tinieblas, las motas negras fruto del efecto óptico van desapareciendo
como moscas huidizas, y queda una luz blanca infinita habitándolo todo.
Dejemos que Dios disipe las tinieblas, su luz ya ha llegado a este
mundo. Nadie nos condena, solo la sombra proyectada de nosotros mismos cuando
interferimos como cuerpos opacos, en vez de permitirnos ser translúcidos.
“No hay condenación para todo en el que cree en Él, pero todo el que
no cree en Él ya ha sido condenado por no haber creído en el único Hijo de
Dios. Esta condenación se basa en el siguiente hecho: la luz de Dios llegó al
mundo, pero la gente amó más la oscuridad que la luz, porque sus acciones eran
malvadas. Todos los que hacen el mal odian la luz y se niegan a acercarse a
ella porque temen que sus pecados queden al descubierto, pero los que hacen lo
correcto se acercan a la luz, para que otros puedan ver que están haciendo lo
que Dios quiere” (Juan 3:18-20).
Dejemos pasar la luz, que atraviese nuestro ser, y no tendremos de qué
avergonzarnos, porque su luz cubrirá nuestros cuerpos con un manto de perdón.
Dejemos pasar la luz, y con su contacto seremos transformados, translúcidos y, finalmente, transparentes.
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